noviembre 25, 2012 § 3 comentarios

El individuo puede tener presentes toda clase de objetivos personales, de fines, de esperanzas, de perspectivas, de los cuales extrae la energía para los grandes esfuerzos y actividades; ahora bien, cuando lo impersonal que le rodea, cuando la época misma, a pesar de su agitación, en el fondo está falta de objetivos y de esperanzas, cuando ésta se le revela como una época sin esperanzas, sin perspectivas y sin rumbo, y cuando la pregunta sobre el sentido último, inmediato y más que personal de todos esos esfuerzos y actividades -pregunta planteada de manera consciente o inconsciente, pero planteada al fin y al cabo-, no encuentra otra respuesta que el silencio del vacío, resultará inevitable que, precisamente a los individuos más rectos, esta circunstacia conlleve cierto efecto paralizante que, por vía de lo espiritual o lo moral, se extienda sobre todo a la parte física y orgánica del individuo.
Para estar dispuesto a realizar un esfuerzo considerable que rebase la media de lo que comúnmente se practica, aunque la época no pueda dar una respuesta satisfactoria a la pregunta “por qué?”, se requiere bien una independencia y una pureza moral que son raras y propias de una naturaleza heroica, o bien una particular fortaleza de carácter.

La montaña mágica, de Thomas Mann.

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