junio 28, 2012 § 4 comentarios

Cuando era muy pequeña y mi hermana aún no había nacido, a mi madre le entró una super fiebre por Camille Claudel.
Camille era una gran escultora, amante y musa del escultor Rodin.
Dejamos a mi padre en Bilbao, y nos fuimos a París: al museo de Rodin, a la casa familiar, a escuchar a Debussy…
Yo tenía un tio viviendo en París así que dormíamos en su casa.   París (1984)   

Camille Claudel es sólo una de las muchas cosas geniales que mi madre me ha ido descubriendo a lo largo de la vida.
En los 90 se hizo egiptóloga con todo lo que eso conlleva: en el balcón de casa no hay jeranios, hay papiros.

Acaba de volver de Armenia y Georgia -ahora tiene la fiebre soviética- y, hoy mientras desayunábamos, me ha contado su visita al vagón de Stalin. Dice que aún huele a Stalin (!), como a vetusto rancio cabrón.

 

De cada viaje escribe un relato. No me he leído ninguno. Espero al día que ya no esté, para leermelos todos.

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